Noche
de fin impredecible, subiendo otra vez por la escalera de Jacob, desde
el pozo frío y profundo de la añoranza, hasta alcanzar con besos
placenteros el fragor que se inicia (ese si, muy predecible) en las
colinas romas de tus empeines, tan vulnerables al roce de mis labios.
Desataré por tus piernas una letanía de gemidos, de ansias que creías
bien sujetas, pero que habrán emergido por completo
cuando apenas haya escalado hasta tus rodillas. Y luego no habrá
barreras; dejarás que te disloque, pedirás una invasión que suponías
conjurada y sólo entonces, por un rato, aceptarás el juego de ser mía.
Los discursos razonables habrán quedado momentáneamente en el olvido;
sólo mientras la tormenta eléctrica se encuentre en su apogeo, claro:
cuando amaine volverás a ponerte la armadura, bruñida y reluciente, pero
vieja, que te protege de un "te amo". Pero si tengo la pericia
suficiente, te lo arrancaré de los labios, y que llegue a mis oídos será
el premio deseado.
