¡Ay del mundo, hijo mío: ay también del corazón, que va tras sus atractivos y vanidades!
No es bastante arrojar a Satanás del corazón; hay que arreglar también al mundo; porque si interiormente lo fomentas, cuanto hicieres para tu enmienda, poco aprovechará. Porque el mundo seguirá inficionando tu corazón, te pervertirá, sin duda, y finalmente se pondrá en manos de Satanás.
¿Qué es el mundo, sino el amor desordenado y maldito de los deleites, riquezas y honores, con el cual seduce a sus amadores para corromperlos y corromper a los demás?
Si quisieres saber qué debes juzgar del mundo, mira con atención lo que Yo pensé de él. Advierte que Yo pasé por el mundo haciendo bien a todos, amé a los enemigos que me perseguían, clavado en el leño de la cruz, oré por los que me crucificaban; pero no pedí nunca por el mundo.
El mundo tiene por padre al diablo; y consagrado todo a la maldad, no puedo tener mi espíritu, como la falsedad no puede poseer la verdad, ni la corrupción la pureza. El mundo prueba por sí mismo, no sólo la existencia del infierno, sino hasta la necesidad.
¿Qué puede haber de común entre el mundo y mi Corazón, toda vez que el mundo patrocina, ya a las claras, ya de oculto, todo los vicios y mi Corazón no respira, sino santidad? El mundo, conspirando con su príncipe Satanás, busca perder las almas para siempre y mi Corazón desea salvar a todos. No puedes, por tanto, servir al mundo y a Mí; porque si eres amigo del mundo, te haces enemigo de mi corazón.
Si sigues al mundo perecerás con el mundo; pero si sigues a mi Corazón, llegarás a la vida eterna. Ahora, si arrojas de tu interior al mundo y sus máximas, de manera que me ofrezca entero el corazón tu oblación será para Mi grata y honorífica y para mi gloriosa y meritoria. Los ángeles y los Santos aplaudirán tu manera de obrar; y el mundo mismo se vería forzada a admirar la grandeza heroica de tu alma. Hijo mío, bienaventurado aquel que separa del mundo sus afecto, para consagrarlos a Mi solo.
¿Qué hallas en el mundo, para amarle? Cuánto hay en él, es todo concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; pero el remate de todo esto es la muerte y el infierno. Por tanto, si amas al mundo, o lo que al mundo pertenece, te abrazas con tu eterna perdición. ¿Qué cosa buena te ha hecho el mundo para que le consagres tus afectos? Nunca te hizo, nunca te hará sino daño ¿Cómo puedes darle tu corazón? No te fies, hijo mío, de los halagos y sonrisas del mundo: ellas sólo expresan los secretos intentos de engañarte y perderte.
Sigue más bien las llamadas de mi Corazón, que muere por librarte de las desventuras sempiternas que el mundo te prepara. Si tú no abandonas al mundo, el mundo te abandonará, después de agotarte y consumirte en su servicio, y se reirá de ti, y se mofará en tu muerte; y cuando más necesites de socorro, te encontrarás solo e impotente. Piensa con frecuencia que desearás al encontrarte ante la eternidad: ¿haberme seguido a Mí, o haber seguido al mundo?
Haz, pues, ahora libremente y con merecimiento lo que de otra manera deberás hacer sin mérito alguno. Procura, pues, apartar el corazón del amor de lo terreno, y triunfar del mundo con completa separación de él. Confía hijo mío: Yo vencí al mundo: y si quisieres lo vencerás tu también. y si vencieres, Yo te daré en mi Corazón deliciosisima morada.
